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Los amantes conversan, Sebald Beham, Alemania, 1520-1530. (Via Kintzertorium (otro descubrimiento de Javier))
Hey Dude!, by Beatallica:
Hey, dude-you’re fuckin’ insane! The riverz run red with blood of poseurs And don’t you know that he’z the fool Who playz it cool But needz for hiz beer to be much colder
Pensé que alguien me había contado que había leído una entrevista con Fresán donde decía que estaba escribiendo la novela más triste que jamás escribiría. Una de esas afirmaciones hiperbólicas que Fresán y seguidores dejan sin pudor por todos lados. Pensé, intenté pensar, en si se refería a esta novela y, de ser así, cuál era la sustancia de esa tristeza.
Pensé en mis primeros meses en Urbana, Illinois. En la rareza de estar en otro lugar que no era mío y en la manera lenta como lo apropié (durante los siguientes años) hasta llegar a sentirlo como una casa para mí, como un refugio donde podía llegar y sentirme en control, a salvo. Pensé en esos primeros meses y en los días tristes, muy tristes, que vinieron luego de la monstruosidad del World Trade Center.
Pensé en el hombre desconocido que de repente me agarró la mano durante una plegaria ese día en el auditorio de la universidad, repleto de gente, y en el escalofrío que me recorrió el cuerpo cuando me di cuenta de que todos lloraban. Creo que ahí fue cuando entendí la dimensión de lo que había pasado.
Pensé en Janak, mi manhattanian de cabecera, que estaba en India y vio todo en diferido y narrado en un idioma que todavía hoy no domina por completo.
Pensé en la globalización del desastre. Pensé en la transmisión digital de la impotencia. Pensé en la fascinación histérica que nos envolvía a todos durante los segundos previos al reconocimiento de que esto, mierda, es real.
Pensé en que nunca he estado en Manhattan.
Pensé en el día, semanas más tarde, cuando me sorprendí confesándole a gente desconocida y muy elegante que, aunque compartía su dolor, debía recordarles que muchísimas personas mueren a diario en otros lugares y en circustancias igualmente injustas y terribles sin que importe, sin que lo transmitan en directo por televisión.
Pensé en mi primo Sergio y nuestra buena amistad. Pensé en los días, por allá en 1993, cuando Sergio se zampó entera Campo de Batalla: La Tierra y por las noches me contaba cómo iba la historia, capítulo por capítulo, mientras yo me ahogaba de la risa.
Pensé en lo natural que nos pareció que L. Ron Hubbard hubiera dado el salto de escribir novelas a construir una religión basada en su delirios de ciencia ficción.
Pensé en Richard Bachman y sus juegos macabros. Pensé en la ciencia ficción que consistía en decirnos que en televisión se habían inventado (o se inventarían muy pronto) un juego horrible donde las personas se mataban, y luego convencernos de que lo macabro no le quitaba lo entretenido y viceversa.
Pensé en el día cuando no me aguanté más las prácticas de tiro y le dije a un teniente que yo no quería que me enseñaran a matar.
Pensé que Fresán había tomado la ruta riesgosa de retomar ciertas perspectivas y subtramas que ya había intentado en Mantra: la amistad infantil, el amor compartido por una mujer desaparecida, la manera como los vínculos persisten pese a las distancias, la experiencia de un narrador omnisciente desde un altermundo donde puede viajar temporalmente a voluntad con ayuda de un aparato receptor de naturaleza sobrenatural. Pensé que si no hubiera leído Mantra habría disfrutado más El Fondo del Cielo.
Pensé en Kurt Vonnegut, Philip K. Dick y Howard P. Lovecraft, y lo tarde que descubrí a los dos primeros.
Pensé que los ataques de sobrelirismo seco de Fresán ahora me aburren. Lo mismo me pasa con sus terminachos poperos en inglés.
Pensé que los extraterrestres de El Fondo del Cielo le hablan a “ustedes” pero dicen “vuestro”.
Pensé en las partidas de Shadowrun y el pequeño universo de mercenarios postapocalípticos que me inventé para hacer reir a mis amigos.
Pensé en Mónica y su espera impaciente de la nieve de Ontario para hacer un muñeco de nieve. Pensé que en dos semanas la volveré a ver y seguramente haremos un muñeco de nieve juntos en el parque frente a la casa.
Pensé en una foto de Sergio y yo en el patio de la casa de mis abuelos sosteniendo al tiempo un libro de cálculo de colegio.
Pensé que las historias de amor han perdido visibilidad en la literatura contemporánea por culpa del cinismo generalizado que convierte cualquier expresión de dependencia (y el amor es una grande) en un defecto inaceptable.
Pensé que ya no se vale estar enamorado. Se ve mal. Se ve débil.
Pensé en mis (truncadas) aspiraciones infantiles, mis precauciones al salir a la calle y todas esas otras ciencias ficciones íntimas en las que pienso compulsivamente todo el tiempo aún hoy. Pensé que probablemente todo el mundo tenga unas como esas.
Pensé en el final de la ciencia ficción ahora que la ciencia puede llegar sin intermediarios a nuestras casas. Pensé en la paranoia idiota ante el reinicio del acelerador de partículas en Ginebra y en ese cuento de que el bosón de Higgs, al saber que será descubierto, regresa en el tiempo para impedir que el experimento tenga lugar. Pensé que ahora la gente habla de esas cosas al almuerzo, como si de verdad hicieran parte de nuestras vidas.
Pensé en que la mejor ciencia ficción contemporánea, la más inteligente, retadora y sugestiva, se da el lujo de proponer que ocurre en el mismo momento (± 2-8 años) en el que el lector la está leyendo. Ya no existe la necesidad de predecir el futuro. Ahora lo que más nos intriga es el presente.