Sábado (After Sunrise)
Dieciseis grados. Sol. Laura odia apasionadamente las conversaciones sobre el clima de los japoneses. Ese remedo de interacción social que utilizan para matar silencios incómodos. Qué buen día, ¿no es así? ¿No es así? ¿Sí o qué? ¿Cierto? ¿No le parece? ¿No? ¡Vaya que sí? Maravilloso, definitivamente, ¿no cierto? (Reinterpretación libre al español). Es de esas cosas que uno, acostumbrado a vivir en ciudades con climas horrendos empezadas con ele como Leeds, Lyon y Lorica, no sabe bien como podrían resolver nada. Casi ninguna conversación vacía resuelve nunca nada. Sólo postergan el problema. Me imagino que hay japoneses que tienen la vida entera postergada y evaden esa carga hablando sobre el clima. A mí me parece que no es accidental que Bill Murray en Groundhog Day sea parte del equipo meteorológico de un noticiero. Predecir el clima es la mejor manera de evitar hablar sobre el futuro. Predecir el clima es una manera de admitir de todos los días son iguales y nada de aquí en adelante importa. Que mañana llueva no es una excusa para dejar de vivir. Si acaso sirve para cargar el paraguas. Los meteorólogos de televisión, tele-evangelistas de la iglesia universal del tedio cotidiano, deben vivir vidas miserables. Dieciseis grados y prometen lluvias esta tarde. Ahora hablemos del futuro: esta tarde haremos tiramisú porque Santiago añora un tiramisú de un restaurante fino en La Boca donde lo sirven en copa y no en ese cuadradito sin personalidad. En copa. Copado, como dicen ellos. También tengo que lavar ropa y decidir al ojo cuánto necesito llevar a Lyon. Muy poco, ojalá. Mañana domingo voy a Lyon o vuelvo a Lyon. Es una diferencia sutil pero importante. ¿Dónde queda Ground Control?

